miércoles, 27 de marzo de 2013

Agustín de Hipona:

Nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354, en el Norte de África. Su padre fue Patricio que era un pagano y su madre Mónica, una ferviente cristiana que sufrió mucho por su hijo Agustín, además tuvo dos hermanos: Navigio y Perpetua y su mejor amigo Alipio.
San Agustín su etapa escolar la hizo en Tagaste, mientras que la de secundaria, en  Madaura y finalmente se fue a Cartago, ciudad universitaria del imperio en competencia con Alejandría. Su padre tuvo que estirar la economía para pagar aquellos gastos.
Vivió una juventud nerviosa y tensa mientras deshojaba los misterios de la vida y de la ciencia. Leyó con avidez los libros que estuvieron a su alcance Frecuentó en el teatro y se sintió atraído por la astrología y los horóscopos. Sintió una gran sentimiento de amor hacia una mujer, que amó con pasión y ternura.
Los dos lograron tener un hijo llamado Adeodato.
Buscó, la verdad en la lectura y buceando en sus propios pensamientos . Se vio aprisionado por la duda, embriagado por una falsa sabiduría, atado por mil esclavitudes, pero nunca aceptó al pacto cómodo con la mediocridad. Deseaba él crecer, amar, encontrar... y la verdad y el amor se le escurrían como dos estrellas sobre el agua.
Rondando el tiempo, Dios salió a su encuentro. La conversión no es la conquista personal, sino un gesto de amor por parte de un Dios sorprendentemente que siempre desborda nuestros cálculos. Él le dio la mano para que saliera del error y soltar sus ataduras. Hasta que se sintió libre y comenzó a llenar su vida de amor y de gestos humildes de servicio, más que de palabras y discursos elegantes.
La luz de la fe comenzó a iluminar todos los rincones de su vida. Dios derribó los muros que lo aislaban de la verdad y de la felicidad. Recibió el bautismo a los treinta y tres años de manos del obispo Ambrosio y estrenó un corazón nuevo en la vigilia pascual del 25 de abril del año 387.
Un día le pidieron que fuera sacerdote y poco más tarde que aceptara el episcopado. Fue consagrado obispo en el 395. Ser obispo en aquel tiempo, obligaba a pisar calle y hacer de juez en herencias familiares, derechos de propiedad y otras cuestiones. Por su casa paseaban gente a pedirle consejo ó solicitar que intercediera por los reos ante los jueces.
En la noche, la luz de la lámpara de aceite, podía disfrutar de la lectura, contestar las cartas recibidas, dedicarse al estudio y preparar los sermone que iban a ser pan para el espíritu de mis hijos de la iglesia de Hipona.
Recibió la visita de la muerte el 28 de Agosto de 430, llegó al final de la carrera después de haber escrito libros y fundado monasterios. No se puede morir sin antes haber exprimido el corazón para entregar a todos el zumo dulce del amor. Quiso gritar que el amor es la fuerza mayor de nuestro mundo, que la fe es un peldaño para poder entender, y entender es la recompensa de la fe.
Si no crees, nunca entenderás y tampoco podrás amar. La fe y la razón son dos hermanas que deben caminar acompañadas hacia la verdad. Una razón perezosa desnuda al ser humano de preguntas y vacía la vasija de nuestra inquietud. Escucha primero al que habla de ti, y habla desde tu interior para que las palabras sean hijas del corazón.
Una vida la hace buena un buen amor. El amor hace todo el trajín de la vida. Ama sin miedo y sin descanso, pero que Dios sea testigo de tu amor. Sólo permanece el mágico rumor, el milagro del amor que cada uno esconde dentro de sí mismo.
El amor no se opone a la felicidad ajena, porque no es  envidioso, y no se vanagloria con la felicidad propia, porque no es orgulloso.


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